LA LUZ A FINAL DEL TÚNEL

Figuras y silencios *

Manos crispadas me confinan al exilio.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Me quieren anochecer, me van a morir.

Ayúdame a no pedir ayuda.

 

Necesitar ayudar, pedirla, recibirla, asumirla. Son palabras fáciles de nombrar pero en muchas ocasiones, difíciles de asumir.

¿Necesitarla o no necesitarla?, ¿pedir ayuda o no pedirla?, ¿la pido en este momento o espero un poco más?…

Pedir ayuda implica un acto complejo y valioso, donde dejando la omnipotencia a un lado, asumimos que no podemos con todo. “Esto que me pasa me supera y no sé qué hacer”. Resulta que no lo sé todo sobre mí y miro afuera, buscando a otro esperando que sepa. Asumimos que hay alguien que sabe acerca de lo que nos pasa, alguien que puede poner el foco y alumbrar allí donde nosotros no hemos podido hacerlo.

Un cambio de posición importante. Pero importante también es lo previo. Para que podamos hacer este giro habremos tenido que conectar con un malestar. La gran pregunta de ¿por qué me pasa esto?, ¿por qué me siento triste?, ¿por qué estoy apático?, ¿por qué me pongo furioso?, por qué, por qué, por qué… surgirá de un padecimiento, de una angustia, de un sufrimiento que nos hace sentir mal, de un aguante que ya no podemos sostener, de una dolencia en el cuerpo que se torna insoportable…

Estos movimientos giran en torno al malestar. Necesitan que aparezca para movilizarnos. A veces ni eso… a veces esperamos y esperamos. Aguantamos y aguantamos como si en algún momento, como si de magia se tratase, fuese a aparecer esa solución ideal que por casualidad se me había escapado.Claro, cómo no me había dado cuenta…en qué estaría pensando…”

Y además, implica salir del silencio para dar voz al malestar. A un malestar que ya tiene voz porque existe, pero se expresa como puede. A través de los síntomas se hace presente sin que podamos frenarlo. En algunas ocasiones no lo podíamos escuchar. Pero abrimos la oreja, prestamos atención y le damos un lugar.

La cuestión es que para llegar a este punto a veces ha pasado demasiado. Nuestro vaso se ha llenado de gotitas, y rebosa, y ya no tenemos forma de retener más.

En este rebosar, ponernos en el centro de la ecuación quizás sea lo más difícil de todo. ¿Qué tengo yo que ver en esto que me pasa? Lo vemos en la clínica con adultos y parejas, y también en los tratamientos con niños y adolescentes; como nuestros pacientes llegan cuando ya no pueden más. Y como la psicoterapia brinda un espacio donde ir armando una salida diferente, con más luz, más palabra y comprensión.

Pongamos palabras al silencio, al final, a veces, sólo se trata de eso.

La palabra que sana **

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,

alguien canta el lugar en que se forma el silencio.

Luego comprobará que no porque se muestre

furioso existe el mar, ni tampoco el mundo.

Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

 

Referencias:

* En Extracción de la piedra de la locura, de Alejandra Pizarnik, 1968.

** En El infierno musical, de Alejandra Pizarnik, 1971.