El amor debería ser más fácil

El amor erótico desea.

El amor tierno cuida.

El amor narcisista refleja.

El amor anaclítico sostiene.

El amor idealizado eleva.

El amor de transferencia repite.

El amor romántico promete.

“El amor debería ser más fácil”, me decía un paciente en sesión. El amor debería ser más fácil, pero no para que sea un camino sin conflictos, sino porque lo difícil no es amar al otro, sino enfrentarnos a lo que el otro despierta en nosotros.

El amor es el lugar donde se reactivan nuestros deseos, heridas tempranas, fantasías y miedos más primitivos. Por eso, cuando decimos que amar debería ser más fácil, en realidad estamos diciendo que deberíamos poder amar sin tropezar con nuestras propias sombras.

Freud hablaba de una tendencia a recrear, una y otra vez, escenas afectivas que nos marcaron. Por eso, a veces, el amor se vuelve un laberinto en el que no estamos respondiendo al otro, sino a un eco del pasado.

En el fondo, lo que anhelamos es un amor que no nos confronte con el miedo al abandono, con la sensación de no ser suficientes, con la incertidumbre de no poseer al otro y con la aceptación de que amar implica perder algo de uno mismo. Y, aun así, es precisamente ahí donde el amor se vuelve transformador, en ese punto donde lo que duele también enseña.

Porque, desde el psicoanálisis, el amor no viene a calmarnos, sino a despertarnos.

Luis lleva años enamorado de Ana, pero es incapaz de decírselo o mantener cualquier contacto que permita mostrar su interés. Al preguntar, refiere miedo a ser rechazado y siente que Ana juega en otra liga, por lo que prefiere continuar siendo su amigo e imaginando un futuro con ella. Mientras, Luis se divierte conociendo a otras mujeres, con las cuales no supone ningún obstáculo seducir y mantener relaciones, pues tiene claro que con éstas no quiere compromiso.

Idealizar a una mujer, como hace Luis, puede parecer un gesto romántico, pero no lo es, más bien es una manera de poner a distancia lo sexual, lo conflictivo y aquello que amenaza la propia imagen narcisista.

Freud sostiene que la primera gran idealización es la de la madre. No la madre real, sino la madre fantaseada: omnipotente, sin falta, inagotable. Siendo esa figura como un molde que más tarde se proyecta sobre las mujeres amadas.

Por eso, en la vida adulta, algunos hombres no aman a una mujer concreta, sino a la sombra idealizada de aquella primera figura. Una mujer elevada, pura, sin deseo, sin falta. Una mujer que no existe.

¿Amar o desear?

Freud (1912) lo formula con crudeza: hay hombres que aman a las mujeres que idealizan, pero desean a las que degradan.

La mujer idealizada se vuelve intocable, casi sagrada. La mujer deseada, en cambio, es rebajada, colocada en un lugar donde el deseo no amenaza al fantasma.

Esta división entre la corriente tierna y la corriente sensual produce una vida amorosa empobrecida, donde el amor y el deseo no pueden convivir en un mismo cuerpo.

En muchos casos, la mujer idealizada no es un sujeto, sino un soporte, un lugar donde el hombre deposita su propia perfección imaginaria.

Cuando el amor se rompe

La caída de la idealización suele vivirse como una traición, acompañada de reproche y decepción, una herida narcisista. No porque la mujer haya hecho algo, sino porque deja de sostener el fantasma masculino.

Freud diría que lo que cae no es la mujer, sino el velo narcisista que la cubría (Freud, 1914).

Por tanto, amamos la imagen que construimos y aquello que representa nuestra propia perfección perdida.

Quizá el amor no sea difícil por naturaleza. Quizá lo difícil es lo que el amor nos pide: mirarnos, revisarnos, desmontar defensas, renunciar a fantasías, aceptar la falta.

Pero cuando lo logramos, a través de la terapia, el amor deja de ser un campo de batalla y se convierte en un espacio donde dos sujetos pueden encontrarse sin devorarse.

Sara Rovira

Referencias bibliográficas

Freud, S. (1912). Sobre la más degradada vida amorosa. En Obras completas (Vol. XI). Amorrortu Editores.

Freud, S. (1914). Introducción del narcisismo. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu Editores.