PACTO CON LA SOLEDAD

“La soledad es el único lugar en el que tú estás contigo. Y te escuchas, y te hablas, y te entiendes, y te contestas.”

Así nombra la escritora Laura Riñón Sirera la soledad, en conversación con Sol Aguirre*.

Siempre apetece escuchar a Laura, alguien que usa la palabra de una manera tan delicada, cuando habla y cuando escribe.

No me cabe duda de que ella tenía muy claro lo que quería transmitir. A mí, me dejó pensando…

Ella hablaba de una soledad particular. Habló de esas personas que no están incómodas en ella, que sienten cierto confort estando solas. Se me vienen escenas similares a dar un paseo, estar en silencio, estar sola tomando un café o disfrutando del campo o la lectura. Escenas que además rescata nuestro fantaseo en momentos de estrés cotidiano. Quién no las ha deseado tras un largo y estresante día de trabajo, hijos y actividades continuas a un ritmo frenético. Un oasis en medio del desierto, un parar para encontrarnos. Pues bien, eso que deseamos, es importante, necesario.

La soledad suena mal. La nombramos como desagradable y tendemos a calificar a las personas como “introvertidas”, “ermitañas”, “hurañas» incluso. Y puede que lo sean, pero si miramos otras posibilidades, encontraremos frases célebres que vienen a rescatarla como un lugar fundamental. Gabriel García Márquez en Cien años de soledad nos dijo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto con la soledad” y el mismo Edgar Allan Poe, la nombró como el lugar más seguro que conocía. Quizás la soledad también puede ser un refugio.

Buena o mala, es importante alejarnos de dicotomías que la colocan en un lugar determinado, pues, como todo, depende para quién, será maravillosa o el horror de los horrores. Y ¿por qué no? también puede ser un lugar al que acudir en algunas ocasiones, mientras en otras nos dejamos rodear.

Visitarla será encontrarnos con nosotros mismos. Con nuestras virtudes pero también con nuestros fantasmas. Con lo bueno y con lo malo, con nuestras propias dualidades y ambivalencias. Permitirá que nos hagamos preguntas, reflexionaremos a raíz de un recuerdo o algo que nos ha pasado durante el día, nos ayudará a organizarnos, a colocarnos frente a futuras decisiones, facilitará el pensamiento. La soledad también permite eso.

La capacidad para estar a solas es algo que Winnicott** nombró como uno de los grandes hitos de la infancia. Aquella capacidad que es posible gracias a que los niños han estado solos en presencia de otra persona. Se trata, nada más y nada menos, de tolerar que el adulto de referencia “se retire”, a leer, a cocinar, al baño o a una habitación diferente en la que estaban juntos, mientras ese niño sigue jugando con tranquilidad, sabiendo que de alguna manera está acompañado.

Pensaba en nuestros espacios de terapia. En si las consultas de psicología tienen algo de esto, de lo dicho por Laura y lo dicho por Winnicott. “Un lugar en el que tú estás contigo. Y te escuchas, y te hablas, y te entiendes, y te contestas”. Otra cosa no, pero ir a terapia va justamente de encontrarse con lo que Laura nombraba, con uno mismo, con nuestros propios silencios, nuestro propio ruido, nuestra verdad. 

Pero en compañía, con un profesional presente que posibilite que juguemos con nosotros mismos y que lo propio aflore. Consultas como un lugar protegido donde encontrarnos con nuestra verdad, un lugar donde poder pensar qué hacer con ella.

Para el psicoanálisis la soledad no es la simple falta de compañía. La enfoca como ese espacio complejo que puede convocar desde un sufrimiento, hasta una experiencia que posibilite la capacidad de creación.

Nuestras consultas están abiertas, dispuestas a preguntarse ¿qué preguntas os hacéis?, ¿qué respuestas no encontráis?

Natalia Torres

 

Referencias: 

*La Libertad de Empezar de Nuevo | Laura Riñón

**Winnicott (1896-1971) fue un pediatra, psiquiatra y psicoanalista británico, muy interesado en el estudio de las relaciones madre e hijo.