ESPEJITO, ESPEJITO, DIME: ¿QUIÉN SOY YO PARA TI?

Marta se mira en el espejo y no se reconoce. Se siente vacía, insegura, poco reconocida, perdida y siente que es actriz de su propia vida… Lleva acumuladas relaciones de pareja donde el bucle de abandono se repite. ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue suficiente? Lo intentó con fuerza, se desgastó en intentos donde sin darse cuenta se perdió a ella misma.

Celia sufre de trastorno por atracón. En ocasiones, la angustia que siente es tan alta que es como si un agujero negro estuviera en su estómago. Nada le llena, nada le satisface, come sin freno en busca de un límite que parece no llegar si no es a través del dolor de tripa.

Belén tuvo anorexia hace años. Después de largos periodos de ingresos y tratamientos ahora puede trabajar, salir con amigos, tener pareja y, recientemente, ser madre.

Belén tiene miedo. Desde hace un tiempo se siente fuera de control. Algo de su maternidad ha reactivado viejos fantasmas. No comprende como puede sentir hacia su propia hija cosas que sintió con su propia madre: “siento que le caigo mal, que me rechaza ¡Si es solo una niña!, ¡Si me necesita tanto!” Belén quiere ser una buena madre, poder contener, ser afectiva y reconocer a su propia hija en su genuidad. Pero a Belén se le impone su historia, ¿cómo dar lo que nunca se tuvo? Belén ha vuelto a terapia.

Julián busca tratamiento porque siente que algo pasa en sus relaciones con las mujeres. Es capaz de seducirlas, de disfrutar de los encuentros sexuales, ser “el novio perfecto”, como se dice a sí mismo, pero pasado un tiempo, la escena se repite.

Julián siente que no puede amar ni ser amado: “¿por qué no me aman las mujeres?” Bucea en su historia infantil, habla de como para su madre nunca nada es suficiente y como la mirada siempre está puesta donde no llega. Julián dice querer trascender, hacer algo grandioso, vivir al límite, sentir la adrenalina porque, si no, nada tiene sentido, se siente vacío.

¿Qué tienen en común Marta, Celia, Belén y Julián?

Cuando indagamos en las historias infantiles de nuestros protagonistas vamos desvelando que, tras los sentimientos de vacío, insatisfacción, soledad, angustia, insuficiencia, desinterés… se esconde una relación particular con sus madres. Una relación, en alguna medida, narcisista.

Para comprenderla y poderla pensar nos vamos a apoyar en el cuento de Blancanieves.

“Espejito, espejito, dime: ¿quién es la más guapa del reino?” Esa frase marcará el destino de Blancanieves. Una madre atrapada en un espejo y colocada en una rivalidad atroz desde la que solo puede quedar una.

 

DESEO DE NO-HIJO

Blancanieves nació del deseo de su madre biológica. Un deseo particular y muy concreto, narcisista podríamos decir, ya que no era un bebé cualquiera al que conocer, era una niña con unas características determinadas, un bebé “a medida”, con condiciones. Blancanieves debía ser “blanca como la nieve, negra como el ébano y roja como la sangre”.

Blancanieves, que no nació en la época de la ingeniería genética pero que desde que fue pensada fue muy obediente y, además, tenía muchas ganas de hacer feliz a mamá, llega tal como su madre deseaba: blanca, negra y roja. Pero claro, esas exigencias solo pueden ser sostenidas por unos instantes, pues tener a mamá completamente satisfecha solo puede sostenerse desde las entrañas (y a veces ni por esas). En el parto esta mamá muere porque, es lo que tiene el narcisismo, que solo puede quedar uno.

La madrastra toma entonces el relevo en el maternaje y la crianza de Blancanieves. Allí frente al espejo, no hay mirada posible para Blancanieves. Más allá de verla como una rival a la que destruir solo puede quedar una.

En esta línea podemos ver también como el propio mito de Narciso nos evoca esta idea de unicidad. En el mito, Narciso se ahoga en el agua tratando de atrapar su propio reflejo, ni siquiera su propia imagen lo sostiene pues no es vivida como propia. No es un espejo con tope, donde la imagen hace resonancia y devuelve al cuerpo algo de lo proyectado. Es un espejo sin fondo, un agujero negro que todo se lo traga.

 

UNA MADRE FRENTE AL ESPEJO Y LA MADRE COMO ESPEJO

Existe un juego muy común con los bebés, el juego frente al espejo. Éste ha sido estudiado y descrito por múltiples psicoanalistas y, especialmente, por Lacan en su “estadio del espejo”. De forma muy simplificada, este juego consiste en que la mamá toma a su bebé y lo pone frente al espejo y juegan, la mamá le dice a su bebé “ese eres tú” y “ésta soy yo” y, es en ese jugar, donde ese bebé va conformando la imagen del sí mismo, donde se reconoce diferenciado de su madre, delimitando y unificando su cuerpo.

Winnicot, un pediatra psicoanalista, hablará de la mirada de la madre a su bebé y de cómo son sus ojos y el reflejo de éstos los que actuarán como primer espejo para este bebé.

Si pensamos en Blancanieves, vemos que no hay lugar ni en el espejo ni en los ojos de la madre para ella, pues es condenada al des-tierro. Y es allí, fuera de la madre tierra, donde trata de sobrevivir como puede, porque una cosa es hacer una mudanza para irte a buscar tu propio reino de donde ir y venir, y otra cosa es ser desterrado.

 

UN LUGAR EN EL MUNDO: SER UNA NIÑA BUENA

Blancanieves en su destierro corre despavorida por el bosque en busca de refugio. Es allí donde se topará con siete hombrecitos a los que accede a cuidar a cambio de cobijo.

En el cuento de los Grimm, los enanitos le prometen a Blancanieves que no le faltará de nada, tendrá techo, comida y protección (lo funcional quedará cubierto) pero están todo el día fuera de casa trabajando y Blancanieves queda a la espera, repitiendo de nuevo la historia de abandono emocional. ¿Cuántas personas se encuentran así?, esperando a que el otro las mire, aparezca y encima, sintiendo que tienen que estar agradecidas porque “por lo menos tienen algo”; ¿cuántas veces hemos escuchado “bueno, pero no estoy sola”?

No queremos dejar pasar por alto el lugar que Blancanieves tiene en el reino de sus padres. En el cuento original se hace hincapié en lo bondadosa que era y, como a través de su bondad, consigue tener a todo el reino enamorado. Era una niña aparentemente perfecta, ideal, muy limpia y ordenada, sin manchas. Es inevitable preguntarnos ¿Qué haría con su rabia, su envidia, sus desavenencias y desacuerdos? ¿Tendrán que ver en algo estos sentimientos con las irrefrenables ganas de morder (la manzana) que la condujeron al trágico final?

 

EL ATRAGANTAMIENTO

Y es en medio de esa soledad donde Blancanieves se descuida…

En el cuento original de los hermanos Grimm hay tres encuentros con la madrastra trasformada en una anciana siniestra.

En el primero Blancanieves es asfixiada con una cinta del pelo, en el segundo cae envenenada con un peine mágico y en el tercero muerde la famosa manzana envenenada. Tres objetos hechizados que hacen que no pueda resistirse a caer una y otra vez a pesar de haber sido advertida de los riesgos de abrir la puerta, a pesar del susto y la desconfianza que la anciana le hace sentir.

¿Por qué no se escucha Blancanieves? ¿Por qué abre una y otra vez la puerta a pesar de conocer los riesgos? Podemos pensar que quiere creer a la anciana, quiere creer que el deseo llama a su puerta, que, por fin, en esa ocasión su hambre será saciada.

Y es que la imagen de su madre frente al espejo deja a Blancanieves con mucha hambre. Tanta hambre como para negar las evidencias y morder esa manzana que atragantará su vida, dejándola en un ni viva ni muerta (similar al inframundo en el que queda Narciso) que puede ser pensado desde la posición melancólica donde lo que circula todo el tiempo es una demanda de amor insaciable.

Es curioso que sobreviva a la cinta y al peine pero no a la manzana.

Pensemos en ella. ¿Qué representa y por qué a ella no se puede sobrevivir? Es una manzana roja, brillante, que evoca a la manzana del pecado de Eva, encarnando el deseo, pero también, en su forma, en su silueta y color hay algo que evoca al amor, al corazón: uno corazón. Podemos pensar que a Blancanieves se le atraganta el amor, el amor básico, incondicional que hace que el deseo nazca en un sujeto. Muere asfixiada como Narciso en su ahogamiento.

Es curioso, pero actualmente hay una hipótesis de que son los pulmones del bebé los que al estar lo suficientemente maduros para respirar (para que el aire circule) provocan el parto. Hay algo de un parto imposibilitado en Narciso y Blancanieves y, tal vez, también en Marta, Celia, Belén y Julián. Un no nacer como sujeto deseante, con un lugar propio y con un ser reconocido en su esencia. Este no nacer da cuenta de por qué nuestros protagonistas quedan de-pendientes, congelados, colgados, suspendidos… sosteniendo en su dependencia la unicidad narcisística de la madre.

La manzana podría haber sido un alimento estupendo, es saciante y saludable, dulce y fresca, pero no, esta comida-madre se queda atragantada. No sacia, no llena, ahoga. Blancanieves muere de hambre, de hambre de amor, porque lo funcional no siempre nutre.

Si pensamos en ese abrir una y otra vez la puerta a la madrastra, como si de una compulsión a la repetición se tratara, nos vienen a la cabeza Marta, Celia, Belén y Julián que sufren de hambre de amor, que sufren por repetir una y otra vez la historia de Blancanieves en busca de una mirada, la que sea, aunque esté envenenada. Que haya “algo”, un tope en el espejo que impida lo verdaderamente insoportable: el vacío.

Personas que se colocan en sus relaciones como asistentas, criadas, cuidadoras de enanitos que también las dejan con hambre a pesar de satisfacerlas aparentemente en todo; personas que van una y otra vez a ver si con esta cinta o este peine mamá arranca la mirada del espejo y pueden verse reflejadas en sus ojos para responder a la pregunta: ¿Quién soy yo para ti?

 

BLANCANIEVES SOBREVIVE

Y el cuento debe llegar a su fin y, a diferencia de Narciso, en Blancanieves hay un rayo de esperanza, poder hacer algo con el abandono.

A Blancanieves la rescata un príncipe, un príncipe que acude a su encuentro como lo hacen algunas mamás en el momento de dar a luz. Casi a ciegas, dice “no puedo vivir sin ti”, en esa entrega de amor incondicional, también bastante narcisista, pero necesaria en un primer momento. En un amor de expectativa a lo desconocido, de deseo, de aceptación… En un “te quiero tal cual eres y quiero que ocupes un lugar en mi reino, en mi mundo”.

En Blancanieves, como en todos los cuentos de princesas, el amor viene del príncipe, pero se hace necesario pensar en el lugar del terapeuta en estos procesos, que lejos de ser un príncipe que salva, puede ser un espejo con tope que salva mejor. Un espejo de los que hace resonar la voz propia, de los que devuelve al sujeto su verdadero ser para que pueda tomar las riendas y ser aceptado, perdonado, amado y cuidado por sí mismo.

Porque sí, hay que ser muy valiente para poder mirarse al espejo y, siempre, será mejor hacerlo acompañado. ¿Te gustaría verte?