VIOLENCIA INFANTIL

Cuando nombramos la violencia asociada a la infancia, esto nos suele producir algún tipo de sentimiento o sensación. Por lo general, indignación, dolor, asco, pena, horror… aunque no a todo el mundo le ocurre lo mismo: algunos sienten alivio, satisfacción o incluso excitación. Lo que está claro es que a todos y todas se nos remueve algo en el cuerpo y eso es en gran parte porque tenemos una historia subjetiva de violencia grabada en nuestra memoria cerebral, y por supuesto, en la corporal. Ya sea porque lo hemos visto en otros compañeros, la hemos aprendido a través de cuentos infantiles, o la hemos experimentado nosotros mismos.

Existen muchos tipos y niveles de violencia infantil: Desde un azote o “meneo” hasta abusos, maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan “causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder” (OMS).

Cuando trabajamos con padres en consulta, es muy importante poder analizar estos últimos tres tipos de relaciones entre ellos y con sus hijos. No olvidemos que la exposición prolongada a la violencia de pareja también se puede incluir entre las formas de maltrato infantil. Pero volvamos a los tres conceptos.

RESPONSABILIDAD apunta a que hay un adulto en la ecuación.

Esto significa que es necesario que para que pueda darse un adecuado desarrollo del niño o niña, es imprescindible que dicho adulto esté colocado en un lugar de adulto. Vemos y escuchamos muy a menudo a padres que se comportan como auténticos niños, que ”pierden los nervios”, rivalizan, se frustran cuando sus hijos no responden como ellos desean y acaban responsabilizando al menor de cuestiones que son absolutamente suyas.

CONFIANZA hace referencia a la esperanza firme que se tiene en alguien.

Los niños están absolutamente a merced del adulto durante sus primeros años de vida. Por este motivo establecen con ellos relaciones de confianza que luego derivarán en las relaciones de confianza que establezcan con el afuera y con ellos mismos.

Aprender a confiar es fundamental para poder tener relaciones satisfactorias en la vida.

Para ello no solo es necesario que el niño o niña confíen en el adulto sino que también es importante la ecuación a la inversa, es decir, una confianza del adulto hacia el niño y en sus propias capacidades.

PODER nos remite a la grandísima influencia que tienen los padres sobre sus hijos.

Es de sobra sabido que los niños aprenden lo que ven en las figuras de referencia, pero también aprenden a establecer modelos de relación. Hay vínculos que funcionan a través de ejercer un poder sobre el otro donde no se permite al niño ser él mismo ni poder desarrollarse como él es en función de sus deseos y capacidades.

Son estos casos donde los adultos se miden como padres en función de si sus hijos cumplen o no con sus deseos y expectativas, no dejando así que haya una individuación y validación subjetiva del niño o niña.

Como podemos ver, el tipo de violencia ejercida puede ser muy sutil y pasar casi inadvertida. Últimamente se ha visto aumentada la violencia doméstica por la tensión sufrida a nivel familiar y desde PSYQUIA nos parece fundamental poder poner sobre la mesa esta cuestión y la necesidad de pedir ayuda telefónica en caso necesario.