Y llegó septiembre. Y llegó la vuelta. La vuelta a todo. Al trabajo, a casa, a la rutina, a nuestras cosas. Y para ellos también. Para los más pequeños también llegó la vuelta a sus cosas. Entre ellas: la escuelita, el colegio, el instituto…todos volvemos a nuestra rutina. De esto no se libra nadie.

Para la mayoría ya han pasado 2 semanas desde que se inició esa vuelta, ¡ya estamos más que adaptados! Adultos en el trabajo y niños y niñas en el cole o la escuela infantil. ¿Pero realmente es así? Centrémonos en los niños. Sin lugar a dudas ellos expresan divinamente lo que les pasa.

Pues los más pequeños ya han superado la semana de adaptación “reglada”. Los que ya estaban en la escuela o el cole se encuentran sin posibilidad de adaptación. ¡¿Debe ser que ellos ya vienen adaptados?!

Y los que se incorporan este año han ido dando pasitos para sentir el cole como su nuevo espacio. El primer día acompañados un ratito de papá o mamá, el segundo un poquito más de tiempo, el tercero otro poco más, y así hasta el viernes que aguantaron toda la mañana: ¡bravo! Y muchos sin llorar, ¡bravo! de nuevo.  Como nosotros, poco a poco y sin llorar. Qué maravilla, con lo difícil que parecía.

Pero resulta que en la mayoría de casos no acabará aquí la cosa. A partir del próximo día muchos de nuestros hijos e hijas mostrarán lo que realmente sienten. Muchos comenzarán a llorar, no querrán quedarse en el cole, estarán más bajos de ánimo, nos ignorarán cuando les dejemos o les recojamos…

Será difícil ese momento en el que sientan que han llegado para quedarse en un lugar que no conocían con personas que no conocían. Ahí nos mostrarán sus emociones y sus angustias. Si lo pensamos fríamente, el cole puede ser la “pera limonera” y la profe la mejor del mundo, pero ellos todavía no lo saben. Lo que si saben es que con mamá, papá, la abuela, el tío o su cuidadora están muy agustito y seguros. Sobre todo seguros.

¿Por qué? ¿Por qué algunos lloran desde el principio? y ¿por qué otros lo hacen ahora? Todos tenemos la respuesta a mano: cada uno como puede y cuando puede. De nuevo, como nosotros.

Y sí, esto  está muy bien saberlo, pero ¿qué podemos hacer para ayudarles?

Como en casi todo, no tenemos la pócima secreta ni una varita mágica que cambie el llanto por la sonrisa. Pero sabemos que es importantísimo escucharles y acompañarles. Escuchar su llanto, contenerlo, nombrar lo que les pasa, estar disponibles si quieren contarnos algo sobre ello, y darles tiempo: todo el del mundo.

Como sabréis sus ritmos y tiempos son diferentes a los nuestros. Decirle que vamos a buscarles a las 3 de la tarde es como si le estuviésemos hablando en chino. Quizás nombrarle las rutinas del día sea más sencillo y facilite las cosas: “después de comer viene mamá a buscarte”.

Y también entre ellos mismos. Podemos encontrar una niña que necesite de un par de semanas y otra que necesite meses. Y durante este tiempo lo mostrarán como puedan.

Es importante saber que lo que muestran es una llamada al otro, a nosotros, esos adultos con los que pasan la mayor parte de su vida. Es como si nos dijeran: “qué haces dejándome aquí, no te das cuenta que no quiero, que me cuesta separarme, que me cuesta decirte adiós”. Frente a esta llamada lo más saludable para ellos es respetarlo y despedirnos sin engañarles y poniéndole en palabras eso que a lo mejor ellos no pueden. Y por supuesto, si el centro escolar lo permite y la familia puede, adaptando el periodo de adaptación a las necesidades del niño o la niña.

Quizás si tenemos en cuenta todas estas cuestiones sea más fácil para todos. Sí, habéis leído bien, para todos. No os engañéis, llegado septiembre, ¿quién no lloraría?

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