CEREBRO ¿DE ORO?

Superdotado, muy inteligente, «cerebrito», con un CI altísimo, con dones excepcionales para las matemáticas, virtuosos del ajedrez, con altas capacidades…

Frente a términos que aparentemente encubren lo mismo, o no, no podemos dejar de analizar la manera elegida de nombrar las cosas, no es casual.

Son descripciones que han ido transformándose al ritmo en que también se transforma la manera en que entendemos la inteligencia, que poco a poco, ha ido albergando cuestiones que tienen que ver con lo emocional. A día de hoy no hay dudas al respecto. La inteligencia es algo “múltiple”, amplio y global, y llegado el momento, la mejor manera de referirse a estos niños talentosos, precoces o superdotados cambió, dando entrada al calificativo de las altas capacidades, pues englobaría los distintos perfiles.

Actualmente “altas capacidades” es la que usamos en los centros educativos y los centros sanitarios dedicados a la salud mental. Curioso que caminen de la mano en este terreno… Cada vez nos llegan a consulta más niños que vienen con un diagnóstico de este tipo, derivados de colegios o centros especializados a los que llegaron desde el mismo lugar, la escuela.

La escuela es el lugar primordial para observar a la infancia, a través de su juego, a través de lo social, en la relación con sus iguales y con sus maestros, a través de la incorporación de conocimientos y el aprendizaje. Los maestros son expertos en identificar las distintas particularidades de los niños. Y si son tolerables por ellos, podrán acercarse a cada uno, mirando su singularidad y sus propias necesidades para ofrecerles aquello que necesiten. Podrán leer “sus capacidades” para abrir el espacio que propicie su desarrollo allá donde lo requiera.

Pero en ocasiones, esa particularidad es menos llevadera y surgen las preguntas ¿qué le pasa a este niño?, ¿qué necesita?… A veces cargada de inquietud y desconocimiento frente a lo que el niño que tenemos delante nos está mostrando.

Teniendo en cuenta que los niños van pasando por distintos momentos evolutivos y desarrollándose con cierta semejanza, a veces surge la preocupación. Y es que, como bien nos dice Nuria Labari en su novela La mejor madre del mundo, “La infancia es la mezcla perfecta de dos ingredientes contradictorios: el poder absoluto y la fragilidad máxima” (2019, p. 204). En esta polarización aparecen la alegría y el orgullo frente a la preocupación e inquietud. Los niños crecen y aprenden a pasos agigantados y, sin embargo, son dependientes y frágiles. Y un niño con un CI alto sigue siendo eso, un niño en desarrollo.

La terminología “altas capacidades” nos habla de la existencia de un potencial a desarrollar, pero que puede, o no, desarrollarse. Y por eso mismo no podemos instalarnos en la certeza de que a mayor capacidad o inteligencia, todo irá mejor. Es como si diéramos por hecho que un hombre de dos metros de estatura será un gran jugador de baloncesto. ¿La cualidad o capacidad concede el éxito?

Escuchando a las familias, a veces, éste es el sonido de fondo. Una melodía cargada de mucha ambivalencia. Rodeada de mitos y falsas creencias: “es impresionante lo de este niño, es que tiene altas capacidades, ¡qué maravilla!”, “pues son niños con muchísimos problemas psicológicos”, “son niños con una gran sensibilidad”, “manipuladores, mentirosos, vagos…”, “tienen el futuro resuelto”…

Pero, en palabras de Erika Landau: “El niño superdotado se asemeja a un corredor de fondo, que corre más rápido que los demás. Intelectualmente es el primero casi siempre, pero con sus emociones se queda, frecuentemente, solo” (2003, p. 27).

En el cine y la literatura hay multitud de acercamientos a este tema, muchas veces presentándonos adultos enfermos, que sufren, diagnosticados de Autismo, Aspeger, Esquizofrenia, … pero ¿es acorde a la realidad? De nuevo nos encontramos polarizados: éxito asegurado frente a la mayor de las angustias.

Estaría bien que tomemos las altas capacidades como lo que son, una capacidad que tienen algunas personas para acceder al conocimiento y al aprendizaje sin olvidarnos de la singularidad que hay debajo, de la subjetividad de cada persona.

Atendamos lo educativo y lo psíquico y pensemos en la globalidad del niño. cuidemos la parte emocional como garantía de que sus capacidades, sean las que sean, puedan hacerlas propias y puedan desplegarse con la mayor satisfacción posible para que podamos estar frente a futuros adultos sanos y felices.

Como los buenos médicos, no escuchemos a un paciente desde su número de historial, desde su etiqueta, sino desde aquello que le pasa en su totalidad. Recibamos a niños y adultos sabiendo de su CI pero preguntándonos en qué lugar les coloca, qué les genera y qué les hace sentir, para que así puedan elegir su propio lugar en el mundo.

Tal como le dijeron al Indomable Will Hunting en la película, “eres un genio Will, eso nadie lo niega. Nadie puede comprender lo que pasa en tu interior”.

Miremos dentro de cada etiqueta, escuchemos y analicemos el interior para que aquello que se esconde tras la coraza sea tenido en cuenta y atendido.

 

Referencias bibliográficas:

  • Labari, N. (2019): La mejor madre del mundo. PRHG Editorial, Barcelona.
  • Landau, E. (2003): El valor de ser superdotado. Fundación CEIM, Madrid.