Vaya, va a llover, Me podría haber salido mejor la presentación, Me gusta pero no me convence, La verdad que no sé por qué me quejo si estoy contento con ello, Es que podría ser mejor, “¿Y si lo hubiera hecho de otra manera?, Es injusto, Da igual lo que haga, al final siempre estoy insatisfecha, Ahora que lo tengo ya no lo quiero, No sé ni para qué me quejo tanto, Haga lo que haga da igual”…

Cualquiera de nosotros podría sentirse identificado con algunas de las frases anteriores. La queja, resulta inherente a la condición de ser humanos por el simple hecho de estar vivos y existir. Pero, ¿Por qué?. Parece que la principal razón es que por ser humanos hablantes ya entramos en el campo del deseo y no del instinto (donde las cosas son lo que son) y nos encontramos con disonancias entre nuestros propios deseos, los deseos de los demás, la imposibilidad de realizar ciertos deseos por vivir en comunidad, miedo de poder llevarlos a cabo…

            Somos seres deseantes y ese es el principal motor de la vida. Lo que pasa es que el deseo en sí en su propia estructura se las trae… ya que la única condición para que el deseo siga existiendo es que este no se colme. Pues vaya gracias entonces… Bueno, por un lado esto nos mantiene activos y reactivos a conformarnos con que las cosas son como son a nuestro alrededor. Por esto, un grado de queja posibilita que nos movilicemos hacia lo que deseamos y así no nos quedemos anclados en nuestra zona de confort. Por este motivo avanzamos en investigación, luchamos por los derechos humanos y nos manifestamos contra  todo tipo de injusticias.

            Pero, la queja por la queja ya es otra cosa. Esta al contrario de movilizar, nos paraliza y no lleva al cambio. Tenemos momentos donde nos escuchamos quejarnos y no queremos hacer nada para resolverlo. También conocemos personas de nuestro alrededor las cuales se quejan y se quejan, y cuando tratas de echarles una mano y darles varias soluciones, parece que ninguna de ellas les sirve, volviendo a la queja infinita.

          Hay una cierta fijación en la queja y tiene que ver en parte con nuestro ego o Narcisismo.: “¡Pobre de nosotros!, “¡Lo que aguantamos!, “¡Ay que desgraciados que somos!”… y el espectador que suele ser una amigo, familiar o compañero de trabajo, nos mira atónito sin poder hacer nada al respecto más que escuchar. Y es que necesitamos que nos escuchen, nuestro sufrimiento y anhelos, pero estaría bien que pudiésemos aprovechar y escucharnos a la vez que obligamos a los demás a hacerlo… Pero no, nos es más fácil soltar y soltar por nuestra boca sin hacernos cargo de nada de lo que decimos.

            Claro, es que si nos escuchásemos y nos hiciésemos cargo de nuestras quejas, tendríamos que tomarlas en serio y hacer algo al respecto. Vaya, parece que no, que aún necesito quejarme un poco más… Y es que quejarnos resulta placentero. Si, aunque parezca irónico, obtenemos un placer en quejarnos. Principalmente de descarga, pero también a nivel relacional ya que nos colocamos como víctimas frente a los demás en las relaciones convirtiendo al que está en frente en un acompañante/testigo, de mi sufrimiento.

            Así poco a poco, nos vamos identificando con la queja hasta que pasa a formar parte de mi identidad. Una vez que se instaura, me relaciono así con el resto del mundo y esto trae consecuencias, porque “al resto del mundo” no le interesan mis quejas, más que nada esas con las que uno disfruta. Esto va dificultando las relaciones con los demás, donde sin entender por qué me iré sintiendo incomprendido y solo… y de aquí surgirá un nuevo motivo para poder quejarme.

            En terapia es clave el ir escuchando las quejas con las que llegan los pacientes, pero ir despejándolas para poder ver quién hay realmente detrás de ellas. No se trata de eliminarlas sino de que la persona se pueda escuchar, entender que quiere y está demandando y así responsabilizarse de la parte que le toca.

            No es raro encontrarnos con personas que después de un tiempo corto en terapia, hayan cambiado la queja por el descubrimiento de sí mismos y de su deseo y sea en ese preciso momento donde interrumpan la terapia. Lo que nos hace preguntarnos, ¿De que nos protege la queja? y ¿Quién está detrás de ella?

                    Y vosotros, ¿De qué os quejáis?

Una idea en “¡¿POR QUÉ ME QUEJO TANTO?!”

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