Desde Psyquia estamos en contacto diario con docentes, educadores de infantil y maestros de educación primaria. A priori, las demandas que harían llegar unos y otros serían diferentes: distintas edades, distintas preocupaciones y angustias. Y sí, salvo excepciones. Pero por encima de generalidades y excepciones alguna se repite y se repite: tras muchos años de docencia observamos muchos cambios”. Bien por ellos que hagan esta reflexión.

Pero ¿de qué cambios hablan?: ¿cambios en el modelo?, ¿cambios en el método?, ¿en la mirada al niño? Algo de esto hay… Otro ¡bien por ellos! Maestros implicados e interesados por el lugar que ocupan.

Sin embargo, la frase continua de la siguiente manera: “tras muchos años de docencia observamos muchos cambios. Cada vez es más difícil que los niños toleren la espera. Nos piden y nos piden sin ningún tipo de tolerancia”.

Curiosa queja, pues todo el que tiene a mano niños de 3 y 4 años vive bajo estas urgencias tan difíciles de tolerar por los más pequeños. Quiero agua, tengo pis, tengo hambre, quiero una chuche, quiero jugar, quiero ir al parque… Quiero, quiero, quiero, y lo quiero ¡ya!

Pero lo curioso, es que en los grupos, con sus compañeros de clase y sus «profes» la tolerancia a esperar que les atiendan suele ser mayor: esperan su turno, levantan la manita, escuchan con atención… Pero si en lugar de cuestiones grupales aparecen sus necesidades, no, “claramente no”. Así nos lo cuentan ellos, los adultos que pasan, en el menor de los casos, siete horas diarias con nuestros niños y niñas. “Y llegada la primaria, continúan igual”. Su preocupación tras estas quejas es enorme. Se encuentran dando agua a un niño mientras otros cuatro la exigen sin tener en cuenta a los otros: lo quiero yo, dámelo ya.

Y esta parte convive con la inversa desde ellos. Padres que nos transmiten que para que su hijo/a haga algo lo tiene que repetir hasta la saciedad. Curioso. 

¿Qué estará pasando?, ¿será cosa del sistema educativo?, ¿de los modelos de crianza?, ¿lo social?, ¿de todo? Porque para ellos la espera es complicada, pero ¿para nosotros los adultos? Sin duda, también lo es. Hoy día, estamos hiperconectados, eligiendo lo que queremos ver en tv a cada momento. Sin esperar, podemos  dedicar un día entero a ver todos los capítulos de la serie que nos gusta: ¡qué gustazo y a la vez que sin límite!

Y nos guste o no, esta imagen tienen los niños delante. Como si de un espejo mágico se tratase, el niño o la niña tiene delante un adulto que contesta el móvil de inmediato por ejemplo. Un móvil que le acompaña en el bolsillo a modo de osito y que es usado como mediador de la espera del niño: “un momento, contesto esto y te doy el agua”. Mientras juega con su hijo, el adulto va mirando a cada rato la pantalla no vaya a ser que tenga un mensaje sin leer.

¿No pueden esperar ellos? O ¿no podemos esperar nosotros?

Esperar. Si acudimos a la Rae, encontramos varias acepciones. La primera “tener esperanza de conseguir lo que se desea”. La espera no garantiza obtener lo que uno quiere, pero no contamos con ello.

Y es que generalmente, la espera es difícil. Y a veces se torna insoportable.

Lo vemos en los procesos terapéuticos. Pacientes que verbalizan “Vengo porque necesito encontrar la forma de estar bien, necesito saber qué hacer, necesito que me digas cómo conseguir solucionar esta situación…no puedo estar más tiempo así, no puedo esperar”.

Es curioso, porque la psicoterapia te conecta con eso, con la capacidad de esperar, con tenerla o no, con soportar el proceso. Es estupendo  observar desde nuestro lugar como profesionales como nuestros pacientes tienen esa capacidad, la capacidad de pararse, semana tras semana a pensarse, a darle una vuelta a sus cosas para dejar de sufrir, al menos de esa manera en la que vienen sufriendo. De igual manera que cuando traen a sus hijos/as.

Sin duda, un buen espejo que ofrecer para mirarse.