Los profesionales que atendemos a personas somos relativamente conscientes de lo que nos genera el encuentro con ese nuevo paciente que llega a nuestra consulta, pero lo realmente importante es ser conocedores de lo difícil que es ese encuentro para el otro.

Cualquiera se ha visto en la situación de acudir a una cita con un profesional situado en una posición de experto sintiéndonos vulnerables y sujetos al saber de aquel que teníamos en frente. Son muchos los que nos relatan malas experiencias: consultas a médicos donde uno parece molestar y debe darse prisa, sensaciones de que el que le oye (no escucha) va a pensar que su dolor es una tontería o profesionales que juzgan o que hacen que salgas de un despacho con la sensación de sometimiento preguntándote por qué no has dicho tal o cual cosa. Situaciones desagradables.

Hace poco nos contaban en una formación el caso de una mujer, madre de un hijo con discapacidad de 40 años, que llevaba años de terapias con distintos profesionales y todos coincidían en decirle a esta señora que cómo podía seguir permitiendo que su hijo durmiera con un osito de peluche. Intentó quitárselo, por supuesto, muchísimas veces, pero el desconsuelo en el que caía su hijo no le permitía ser inflexible. ¿Qué hizo esta mujer? Aprender a callarse. A no contarlo. ¿Fueron efectivas entonces estas intervenciones? No lo parece. Ella se sentía juzgada y no comprendida. Obviamente, deducimos que la intención de los profesionales era no infantilizar a este hombre pero, ¿realmente era el punto de urgencia para este objetivo quitarle el osito que cumplía una función calmante? ¿no tendríamos que pensar que antes necesitaría dotarse de otros recursos para tranquilizarse? Y, esta prohibición directiva a la madre como si ella no supiera que efectivamente esto no era lo más “normal”, ¿en qué lugar la deja?

No podemos olvidarnos que el paciente que llega a consulta es el que sabe sobre su sufrimiento aunque al mismo tiempo desconozca el origen o las causas de su malestar. Y nuestra función como profesionales es acogerle. Acogerle significa recibirle como a un invitado interesante. Alguien que tiene muchas cosas que contarnos y nosotros, junto a él, muchas cosas que descubrir.

Por lo tanto, el encuentro terapeuta-paciente es un encuentro de dos sujetos activos. No es “el que sabe” frente al que no. Son dos sujetos convocados a la investigación. El terapeuta debe cuestionarse su saber para poder encontrarse con la subjetividad del paciente. Ese es nuestro lugar como terapeutas y desde luego esa es nuestra manera de trabajar en Psyquia. No tratamos de encajar al paciente en nuestra teoría. Teoría en la que por supuesto estamos formadas pero que no nos impide escuchar (no oír) a quien valientemente ha confiado en nosotras. Porque si sólo oyéramos un diagnóstico o una situación descontextualizada, podríamos aconsejar como si siguiéramos unas instrucciones prediseñadas, las mismas para todos independientemente de su discurso. Entonces no seríamos terapeutas. Entonces no nos interesarían las personas.

Una idea en “UN BUEN PROFESIONAL ES AQUEL QUE SE CUESTIONA”

  • Me ha gustado muchísimo. Gran recordatorio. Ojalá todos los psicólogos se atrevieran a contactar consigo mismos quitando de delante el escudo de los datos (también necesarios y fundamentales).

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