Sentir un profundo vacío es algo que comparten muchos de nuestros pacientes. Un vacío inexplicable, fuera de la palabra y que, en ocasiones, impulsa a un intento voraz de “llenado” o por el contrario deja al sujeto paralizado y desesperanzado. ¿Qué es este vacío? Pensémoslo en los trastornos de alimentación.

No puedo parar de comer. No puedo comer. No sé quién soy. ¿Quién es la imagen que devuelve el espejo? En la adolescencia es un fenómeno esperable que frente a la construcción de la identidad aparezca un cierto sentimiento de vacío. Tiene que ser así porque hay todo un camino por hacer. Sin embargo, la angustia aparece cuando este sentimiento es excesivo. En palabras de una adolescente: “no sé qué hay dentro de mí, es como si no hubiera nada”. En el caso de esta paciente cuando este pensamiento inundaba su cabeza sus pies se dirigían casi por inercia a la nevera. Como si alimentando el estómago se alimentara a su vez el ser.

Este acto para nada es loco. De alguna manera es cierto que nuestra identidad se forma a través del alimento. Obviamente necesitamos la comida para vivir pero además de eso, en un orden simbólico, el alimento es aquello que nos da el otro, que nos nutre, y que nos hace sentir queridos, importantes. Es decir, para esta paciente: que hay algo dentro de ella que merezca la pena como para que otro lo alimente.

Hemos hablado muchas veces de como la mirada de la madre hacia ese bebé y su darle de comer va mucho más allá de una pura satisfacción de necesidades biológicas. En esa mirada y en ese alimentar hay la devolución de que el bebé es y existe. ¿Qué ha pasado para que nuestra paciente no haya podido recibir ese “alimento”? Y, ¿qué pasa cuando parece que existe un rechazo a recibirlo?

Nos encontramos ante la otra cara de este mismo fenómeno en otro paciente que no puede comer. No solo no come, parece que no puede recibir nada del afuera. Es como si tuviera un cierre hermético. Los padres se encuentran desesperados porque le ven sufrir pero creen que nada le conmueve. El vacío de este paciente se expresa de otra manera: “ a veces me gustaría no sentir nada, controlar todas mis emociones, separar mi cuerpo de mi alma. No me gusta el cuerpo”. En este caso parece que frente a la angustia del vacío, del sentirse sin recursos ante la vida, aparece una defensa de control: “Si nada entra, nada se mueve, me quedo como estoy” con la falsa sensación de que de esta manera tienen algún tipo de poder ante lo incierto.

En ambos casos existe un enorme sufrimiento. Una angustia sin esperanza. Una dificultad de poder crear un proyecto de futuro y por tanto de vida. Nuestro trabajo en Psyquia es sumamente cuidadoso y respetuoso, ayudando a estos pacientes a construir una identidad que les permita salir de ese pesar desmedido.

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