Me duele la cara de ser tan guapo

Es perfecto mi tupé, cortado en el Corte Inglés. Al espejo me miré y me excite mogollón. Mogollón, mogollón, mogollón….” Este fragmento es parte de una canción del grupo musical Los Inhumanos, originario de Valencia y fundado en la década de los 80. Qué lejos y qué visionarios de la vida Selfie actual. Bienvenidos al narcisismo.

El término selfie fue incluido en 2012 dentro del Diccionario Oxford y definido como “una fotografía que alguien toma de sí mismo, usualmente capturada con un teléfono o una cámara web que, posteriormente es subido a las redes sociales”. Es decir, que un selfie no es un selfie si no es exhibido y visto por los demás. Y rizando el rizo, no es un selfie como Dios manda si no tiene un elevado número de seguidores o “me gusta”. La pregunta entonces es: espejito, espejito: ¿me miran?, ¿soy el más guapo del lugar?, ¿la gente me sigue?, ¿es importante lo que digo?, ¿soy importante? En definitiva: ¿soy?

Los seres humanos nos constituimos en espejo, es decir, nuestra identidad viene marcada por el reflejo que el otro nos da de nosotros. El otro es entonces, el primer referente en la pregunta acerca del propio ser. Su mirada nos aporta un reconocimiento de nosotros mismos como personas, que es un nutriente fundamental para la salud emocional. Para “existir” como seres humanos necesitamos encontrarnos con la mirada del otro.

Según Winnicott, una madre “suficientemente buena”, mira a su niño con una mirada de reconocimiento y amor. Lo ve como alguien distinto de ella (no como una prolongación de sí misma) y lo acepta como tal, un nuevo ser con identidad propia. O sea que aunque parezca contradictorio, es el otro, a través de su mirada, el que configura nuestra identidad y construye en un inicio, esa palabra tan nombrada: la autoestima.

Si esa mirada además nos hizo sentir seguros, vivenciar que somos interesantes, importantes, nos será fácil desarrollar una personalidad segura e independiente. Pero si aquella mirada inicial nos devolvió la imagen de ser débiles y vulnerables, correremos el riesgo de volvernos seres flojos y dependientes.

¿Es esa mirada de reconocimiento de seres diferenciados la que se busca con los selfies? No parece que se ponga de manifiesto sólo la necesidad de ser contemplados sino también la de autocontemplarse. De buscarse, de verse. La búsqueda de la completud, de ser el que más respecto a los demás. Pero, ¿cómo esto nos pueda dar una identidad propia? ¿Cuál es el premio de los mil seguidores?, ¿se pasa de rana a príncipe? Y, ¿si te dejan de seguir vuelves a ser rana? No resulta muy sólido, ni propio, ni identitario.

La ausencia de mirada (de “me gustas”) remitiría entonces al vacío, a no ser, a no existir y entonces sí que duele la cara de ser tan guapo.

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