Toda maternidad está rodeada de preguntas. Preguntas que en muchos casos se quedan sin resolver. Se afincan en la incertidumbre ¿Qué hacer con esta incertidumbre?

¿Qué le pasa a mi bebé?, ¿por qué no consigo que se calme?, ¿soy una buena madre?, ¿podría haberlo hecho de otra manera?, ¿por qué no tendré más paciencia?, ¿por qué no supe qué hacer?, esta situación me supera, ¿cómo harán las demás para estar tan seguras? y tantas como madres haya.

Parece que hay un empeño en que las madres sean perfectas, no se cansen, puedan con todo, no pierdan la paciencia ni si quiera frente al llanto de un bebé al que acaban de conocer, y además, consigan todo para sus hijos, les brinden todas las oportunidades posibles, consigan que no sufran, que no se entristezcan ni enfaden, que no lloren, que sean plenamente felices. Pufff, si algo resuena aquí, es DIFICULTAD si no un imposible.

Sin embargo, todas ellas se parecen en algo. Y es que si el pasaje por la maternidad tuvo “un buen” desenlace, claramente estuvo acompañado de tres ingredientes secretos: una madre suficientemente buena, con una preocupación maternal primaria y cierta devoción en los cuidados del bebé. ¿Pero esto qué es? Dónde queda entonces el ingrediente mágico del amor…, ese que todos damos por hecho y que sin duda es importantísimo. Pues esta receta trata de algo común. Si nos ponemos a pensar en probabilidades, encontraremos que la mayoría de las madres son suficientemente buenas y capaces de tener esa preocupación y devoción, conceptos aportados por el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott.

Resumiendo, Winnicott nos viene a decir que esta madre será aquella que sea capaz de adaptarse de manera activa y sensible a las necesidades del bebé cuando está en un estado de dependencia absoluta, y que además, ofrezca ciertas ausencias y/o separaciones de manera confiable, dando sostén de manera natural.

Desde estas ideas, parece tremendamente difícil ser mala madre: tendríamos que empeñarnos mucho. Pero eso no significa que no se pase mal. La maternidad es compleja y difícil y en ocasiones va acompañada de mucho sufrimiento. Y es que no hace falta llegar a sufrir una depresión postparto para sentirse mal. Para ocupar el lugar de madre es necesario abandonar el lugar de hija, y además, poner en pausa al de mujer, al menos durante un tiempito. Y esto no suele ser tarea fácil, al menos para algunas madres.

Quizás sea importante abrir una reflexión en torno a este cambio de posición, si cuando se tiene un bebé se da la posibilidad de ocupar ese lugar de madre o no. Quizás la respuesta esté ahí. Y si hay sufrimiento, lo mejor será pedir ayuda.

Sin duda, no hay mejor madre que aquella que pide ayuda profesional cuando lo necesita. Tanto para sus hijos y su familia, como para ella misma.

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