¿Se lo digo o no se lo digo? ¿Dejo este trabajo o no lo dejo? ¿Será este el mejor hotel para las vacaciones o habrá otro mejor? ¿Me separo o sigo casado? ¿La quiero o no la quiero? ¿Quiero o no tener hijos?

En terapia escuchamos a nuestros pacientes hacer frente a sus dudas, esas que sin necesariamente tratar un tema trascendental (o sí)  les hacen caer en un mar de sufrimiento con un gasto de energía considerable. Si-no si-no, si-no, si-no … agotador.

¿Qué lugar ocupa la duda en nuestro funcionamiento psíquico?

Así como dice la canción: “ Dudando, dudando, la duda me ha robado la ocasión y se me ha ido… “La duda eterna nos roba la ocasión de vivir, de atrevernos, de jugárnosla en pro de nuestros deseos. Comprometernos con nosotros mismos es un acto de valentía que no cualquiera es capaz de sostener.

Podemos pensar así, que por un lado dudar es natural y sano ya que de lo contrario caeríamos en una certeza peligrosa que también nos haría la vida muy complicada, ya que sin opción a dudar, podríamos vernos inmersos en una toma de decisiones casi compulsiva. Pero el tema que nos ocupa pensar hoy no es la duda razonable y puntual, sino ese “dudar eterno” que se torna obsesivo y que “no podemos sacarnos de la cabeza” paralizando nuestra vida.

¿De qué hablamos cuando decimos que vivir implica jugárnosla?

En ocasiones las personas buscamos reencontrarnos con esa seguridad infantil de cuando éramos niños, con ese otro (como los padres) que parece que lo sabe todo, que nos guía y sabe qué es lo bueno para nosotros, sin contemplar el equivoco. ¡Qué omnipotencia! Del mismo modo, de mayores buscamos poder tomar decisiones sin riesgo, sin comprometernos con nosotros mismos, por ello están los que sin ser conscientes se convierten en niños obedientes frente a los deseos del otro: “¿qué quiere mi jefe, mi pareja, mi madre, mi amiga? Yo solo obedezco”. Y así se va construyendo la bola de la infelicidad, de la sensación de vacío, del no tengo espacio para mí, del sentirse perdido…

Es por ello, que desde PSYQUIA,  nos parece muy importante que en el espacio terapéutico se pueda abrir la puerta a encontrarnos con el deseo propio  “¿Qué quiero yo realmente? “ y así empezar a comprometernos con nosotros mismos, aprendiendo a asumir el riesgo de nuestras decisiones, de los aciertos y de los errores, navegando con la angustia que produce la incertidumbre.

El que duda eternamente tiene miedo a perder, porque si elije una opción está obligado a renunciar a la otra, puede equivocarse, puede sentir que no le satisface “del todo”.  La duda entonces además de mucho sufrimiento consciente le da a la persona una especie de recompensa en otro plano, la sensación de poder tenerlo todo, “si no elijo, todas las opciones siguen abiertas”. Es como si viviera en el pasillo de la vida sin entrar en ninguna habitación, puede tenerlas todas pero no disfruta de ninguna.

¿Seremos capaces de entrar? ¿Seremos capaces de elegir? ¿Nos atreveremos a jugar?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *