“Mañana empiezo la dieta”, “mañana empiezo a hacer deporte”, “mañana empiezo a estudiar”, “voy a dedicar menos tiempo al móvil y las redes sociales”, “no voy a volver a llamar a ese chico que me trata mal”, “no voy a volver a actuar así”, “no me voy a volver a meter en el mismo lío de siempre”, “voy a buscar un trabajo en el que me sienta mejor”, “voy a empezar un nuevo proyecto”, “voy a aprender a cocinar”, “no voy a volver a reaccionar así”. En definitiva: ¡voy a cambiar! Pero… No puedo. El mañana nunca llega.

Estamos llenos de buenos propósitos e intenciones. Queremos mejorar, llegar a la mejor versión de nosotros mismos pero resulta desesperadamente difícil. ¿Qué nos pasa?

Ahora que está de moda este término, cambiar parece salirse de nuestra zona de confort. Supone enfrentarse a algo nuevo y asomarse a lo que sentimos como un abismo por la razón de que es desconocido. Una nueva versión de nosotros mismos aunque sea mejor es nueva y  “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Nos inhibimos, procastinamos, porque eso nos aleja de la angustia de enfrentarnos al cambio. Llegan a nuestra consulta muchos pacientes que desean ser productivos pero que se ven inmersos en continuas distracciones, pérdidas de tiempo y demoras constantes. Personas que quieren dejar una relación pero que lo intentan una y otra vez con argumentos que sienten como excusas por el pánico al encuentro consigo mismos.

Cambiar nos compromete: si dejo de hacer y de ser como siempre, ¿quién seré? Si hago todo lo posible por lograr mis sueños, ¿qué pasa si no los consigo? Si me esfuerzo me daré cuenta de mis capacidades pero también de mis limitaciones.  Y lo más importante, cambiar supone renunciar a lo ideal para convertirlo en lo posible.

Queremos pensar de nosotros mismos que si nos pusiéramos en marcha podríamos llegar a ser eso que fantaseamos pero mientras permanecemos en ese stand by, no lo intentamos y por eso mismo lo mantenemos como algo posible en nuestras mentes. De esta manera, no hacer, es la manera de mantenerlo vivo en la imaginación pero, ¿qué pasa con la realidad?

Hacer significa entonces comprobar si podemos o no. Supone un hacernos cargo de nuestro proyecto vital. Significa darnos cuenta de cuánto estamos dispuestos a invertir para eso que decimos que queremos. Salir de “lo de siempre” no es gratis, no cae del cielo. Cuesta. Cuesta esfuerzo, cuesta coherencia, cuesta compromiso. Pero como todo lo que cuesta, conlleva satisfacción, sentimiento de capacidad y de potencia. Curiosamente es la única manera de llegar a la versión más realista de ese sueño del que hablábamos.

Nos encantaría que ese cambio llegara sin hacer nada, a modo de aparición de hada madrina o del genio de la lámpara, pero entonces sentiríamos que igual que llegó podría irse. No estaría hablando de nosotros, de nuestra capacidad, sino de la magia. De nuevo un escape a la fantasía para alejarnos de la realidad.

Atreverse a hacer es la única manera de ser y de estar. Así que a riesgo de ser redundantes con el refranero español: “no hay mejor lotería que el esfuerzo y la economía”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *