“Me cuesta sostener la autoridad en el aula”, “Mis alumnos no me escuchan”, “Me siento inseguro en las tutorías frente a los padres”, “A veces temo poder descontrolarme y gritar en el aula”, “Me siento desbordado”, “¿Qué hago con todo lo que me hacen sentir mis alumnos?”

Anteriormente dábamos voz al sufrimiento de aquellos que fracasan en lo escolar. En esta ocasión queremos acordarnos de los docentes. ¿Qué pasa con ellos? Mucho se dice… desde que tienen un trabajo muy cómodo y con mucho descanso, hasta que sólo aguantan aquellos que lo eligen de manera vocacional. Y es que, ¿quién elige ser docente?

Todos sabemos de su gran responsabilidad. Se ocupan de nuestros niños, de nuestros jóvenes, pero con un plus. Sobre ellos recae desde la ardua tarea de despertar la curiosidad y el interés por aprender en la infancia hasta ofrecer distintas herramientas de aprendizaje en alumnos de edades más avanzadas.

En estos aspectos se muestra una importante dualidad, pues un maestro no es el que tiene el conocimiento sin más, sino aquel que consigue relacionarse con la imposibilidad de saber todo el saber, valga la redundancia. Es aquel que despierta el deseo, pues es cuando conectamos con esa imposibilidad cuando nos movemos para saber más.

Y además, el amor. El amor por el saber, por el conocimiento, porque el otro aprenda y se interese. Sin este amor, ¿cómo iniciar este camino?

Tarea complicada ésta.

En su labor se mezclan todas aquellas cosas que las distintas figuras que rodean al alumno depositan en ellos. Sobre todo, tenemos a los padres: confiando en ellos pero en muchas ocasiones cuestionando el lugar que ocupan. A veces esperan que pongan límites a sus hijos, que les guíen y reconduzcan si es necesario. En otras, desean que les traten como si fuesen sus propios hijos y les ofrezcan cariño a diario. ¿Autoritario?, ¿permisivo?, ¿amoroso?, ¿distante?, ¿exigente? Y un sinfín de etiquetas les acompañan desde todos los frentes; y hacerse con ellas no es tarea fácil.

No podemos olvidar que a esto se le suma toda la mochila que llevan al trabajo, donde encontramos el hijo y/o el alumno que fueron, donde su individualidad se pone en juego desde la relación con sus compañeros (desde la igualdad) y con los alumnos (desde la asimetría).

Por todo ello, desde Psyquia creemos imprescindible ofrecer un espacio a los docentes para que puedan pensar todo lo que se les mueve y poder replantearse el lugar que ocupan en  su labor de enseñantes y educadores.

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